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Ahora son valiosos los estudios de migraciones de aves para prever cómo se propaga la gripe aviar….
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Deja de hacer eso y empieza a trabajar en algo útil!" Esta es una
frase dirigida a mí numerosas veces durante mi vida laboral por familiares
y amigos. Aunque parezca extraña, resulta que es frecuente en el gremio
al que pertenezco, el de los investigadores. Les contaré el caso de un
colega y sobre todo amigo mío, a quien su familia no dejaba de insistirle
en que eso que hacía, estudiar las rutas de migración de las aves,
no era más que un divertimento. Y no deja de ocurrirle aún ahora
que es, después de muchos años de precariedad, un flamante profesor
titular de universidad.

Su pasión por mirar las aves nunca fue ni es casi apoyada por ninguna
de las administraciones públicas, si acaso en una ocasión por
su Gobierno autónomico al que convenció para que financiara pírricamente
el estudio de un pequeño pájaro que vivía exclusivamente
en su comunidad autónoma, y que mi amigo demostró que no anidaba
sólo en su territorio, ya que las aves no saben de fronteras humanas.

Sin embargo, hete aquí que sus estudios sobre migraciones ahora le han
hecho indispensable. Su contribución al estudio de las rutas migratorias
de aves está ayudando de forma impagable a la legión de técnicos
y expertos que intentan prever la ruta de propagación de la ahora famosa
y temida gripe aviar. Y me resulta como mínimo curioso encontrarle formando
parte de una comisión de asesoramiento para un tema sanitario de esta
magnitud.

Es esta una de las frecuentes demostraciones del inmenso valor de la mal denominada
y tantas veces denostada investigación básica. Si mi amigo y numerosos
ornitólogos no hubiesen estudiado en condiciones casi siempre lamentables
las rutas migratorias de las aves, los mecanismos de prevención ante
esta posible pandemia serían mucho más difíciles de llevar
a cabo. Es este sólo un pequeño ejemplo del valor añadido
que significa la inversión en la investigación de base y como
en muchos casos la carencia de un conjunto de conocimientos mínimos sobre
un tema, impide desarrollar aplicaciones o, como en este caso, puede poner en
peligro vidas humanas. A falta de una bola de cristal que permita predecir el
futuro, éste suele deparar acontecimientos inesperados y negativos que
para ser resueltos necesitan de un poso de conocimientos básicos. Estas
carencias son las que retrasan el descubrimiento de soluciones para enfermedades
como por ejemplo el paludismo, cáncer, sida, enfermedad de Alzheimer,
diabetes, encefalopatías y el conjunto de enfermedades con un fondo genético
entre otras.

A la pregunta de cómo la sociedad puede disponer de un bagaje de conocimientos
que permitan solucionar los problemas a medida que estos vayan surgiendo, creo
que la respuesta es diversificar los temas de investigación. Esto implica
tener una masa crítica de investigadores a los que, cumpliendo unos criterios
de calidad, se financie para que estudien aquellos temas por los que se inclinen
de forma natural y no solamente aquellas líneas prioritarias que son
impuestas la mayoría de las veces de forma arbitraria. Y entonces, la
sentencia "¡Deja de hacer eso y empieza a trabajar en algo útil!"
quizás deje de formularse y no se nos mire al grupo de investigadores
básicos, incluido mi amigo el ornitólogo, como una esperpéntica
tribu que dilapida el dinero público para estudiar banalidades.

Fuente: Diario LA VANGUARDIA [03-11-2005] Jorge Domínguez.

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