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El pollo como sólido valor refugio

Abierto por coronavirus. La carnicería Tamara, en el Zaidín, abre todas las mañanas y garantiza el abastecimiento diario de carne fresca

Tamara, al pie del cañón. / ALFREDO AGUILAR

Entramos a media mañana. Tamara lleva una máscara que le cubre más de la mitad de la cara.

 

-¿Qué tal? ¿Cómo van las cosas?

-Ofú.

Ese ofú le sale del alma, pero Tamara reacciona con rapidez. «Bien, bien». Porque en su carnicería tiene de todo. El hueso blanco y el medio pollo que pide una clienta, por ejemplo. Con el cuello, que va a hacer caldo.

«El pollo es la estrella de estos días», explica Tamara. «También se vende mucho cerdo, pero sobre todo, el pollo. Será porque se ha terminado en los grandes supermercados y porque es muy socorrido, pero es lo que más me pide la gente».

 

El marido de Tamara trabaja en Pollos Payán. Aunque tienen menos pedidos por el cierre de bares y restaurantes, sigue abasteciendo a las carnicerías. Los que vende Tamara son bien gordos y lustrosos. Los bautizados como ‘etiqueta negra’. Pollos grandes de 1,3 kilos a los que muchos clientes no están acostumbrados. «La gente está muy suspicaz con los precios», sonríe Tamara, a quién no le duele en prendas presumir ante los clientes que los suyos son los mejores pollos del mercado. «Mucha gente está acostumbrada a los pollos estándar de 1 kilo que se venden en las grandes superficies y calculan el precio por pieza, no por peso».

Mientras hay un cliente dentro de la carnicería, los demás esperan fuera disciplinadamente. El goteo es continuo. «Vienen los clientes de siempre, pero se llevan más cantidad en cada viaje para tener que salir menos de casa. Muchos me hacen el encargo por teléfono y, cuando se lo tengo preparado, bajan a pagar y llevárselo».

También hay clientes nuevos. Como el que se asoma desde la calle para preguntar si hay panceta.

-¡Sí! ¡Sí que tenemos!

Satisfecho, el hombre espera fuera. Tiene un pequeño rifirrafe con una señora mayor que, fumando, le echa el humo demasiado cerca de la cara. Una mujer atildada y elegante que no viene a comprar, sino a pedirle cinco euros a Tamara, que apenas la conoce. Dice haberse gastado todo el dinero en medicinas y que su hijo viene el sábado.  Que la policía no la ha dejado ir al banco. Lo que no ayuda a destensar el ambiente es cuando concluye que «tanto coronavirus, tanto coronavirus. si hay que cogerlo, pues lo cogemos».

 

Tamara le da una elegante, pero firme e incontestable larga cambiada, hace pasar a la siguiente cliente y despacha otro hueso de jamón. «También se está vendiendo mucho». Será que la vuelta del frío nos anima a preparar caldos y pucheros. O lentejas, como Adela, que se ha olvidado la longaniza después de pagar su comanda. «Ponla de la gorda, Tamara. De la especial. Ya sabes tú». En la carnicería, la gente se habla de tú.

La hija de Adela espera afuera a que termine la compra. «¡Qué importante es el pequeño comercio!» exclama. «Hay que apoyar a los autónomos. ¿No dicen que hay que evitar aglomeraciones? Pues venid a comprar a este tipo de tiendas», insiste. Antes de irse, nos deja una perla que podría figurar en un sobrecillo de azúcar, para cuando vuelvan a abrir los bares: «Si sabemos lo que hay que hacer, hagámoslo. Hay que quejarse menos y hacer más».

 

Tamara solo abre por las mañanas. De momento, no piensa cerrar. La respuesta de la clientela es buena y ella garantiza que todos los días habrá carne fresca. «Lo del viernes y el sábado pasado fue una locura. El lunes también fue movido. Hoy hemos recuperado un ritmo normal. Si esto sigue así, abriré todas las mañanas. Si los clientes empiezan a fallar, abriré un día sí y otro no».

No se habla mucho dentro de la carnicería, al margen de Adela y su hija. La gente, que viene con sus propias bolsas, pide el género y permanece callada mientras Tamara corta, parte, pesa y envuelve la carne. Al devolver el cambio, se evita el contacto. Inmediatamente después de manipular el dinero, Tamara se lava con un líquido de manos desinfectante. «15 euros me ha costado».

 

-¿Dónde lo has conseguido?-, preguntamos al unísono Alfredo y yo.

Tengo mis proveedores– nos responde con otra sonrisa cómplice que se adivina tras la mascarilla que protege su boca.

Ya no vienen los vendedores a la tienda. «Pedimos por teléfono y pagamos por transferencia. Los únicos que siguen viniendo, claro, son los repartidores». Otro gremio que desempeña un papel esencial en una crisis que demuestra que no todos los superhéroes llevan capa. A ellos les basta con una mascarilla.

Fuente:  Jesús Lens. [ Diario IDEAL. Edición Granada.]

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