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La ministra alemana para la protección del consumidor, Ilse Aigner tomó huevos para desayunar el jueves, sin embargo uno de cada cinco alemanes (21%) declara haber renunciado a ellos, por causa del escándalo de los piensos contaminados con dioxinas que han obligado al cierre de más de 4000 granjas en todo el país. El dato del reflejo antihuevo de los alemanes es tan incierto como la propia crisis, procede del tabloide sensacionalista ‘Bild am Sonntag’.
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La ministra alemana para la protección del consumidor, Ilse Aigner tomó
huevos para desayunar el jueves, sin embargo uno de cada cinco alemanes (21%)
declara haber renunciado a ellos, por causa del escándalo de los piensos
contaminados con dioxinas que han obligado al cierre de más de 4000 granjas
en todo el país. El dato del reflejo antihuevo de los alemanes es tan
incierto como la propia crisis, procede del tabloide ‘Bild
am Sonntag
‘, cuya fiabilidad es comparable a la de los alimentos, trufados
de añadidos químicos; vitaminas, sustancias minerales, aromas,
saborizantes, colorantes, etc., en el que nada es lo que parece y en el que
todo lo que se ingiere lleva detrás un vertiginoso mapa industrial, como
el que ayer publicaba el Frankfurter Allgemeine Zeitung en su intento de seguirle
la pista a las dioxinas detectadas el 27 de diciembre: un rosario de flechas
que comienza en el Norte de Alemania, pasa a Holanda, regresa a la región
de Baja Sajonia y desde allí se diversifica en media docena de regiones
alemanas.
Parece que el origen se sitúa en la empresa Harles & Jentzsch, de
Uetersen, en Schleswig Holstein, que utilizó aceites industriales para
usos alimentarios (pienso de ganado), un desvió crónico y frecuente
que abarata costes, señalan fuentes del sector. Pero entre esa empresa
y las más de 4000 «granjas» -el concepto quizá debería
ser revisado- que han sido cerradas, el producto circuló a través
de una cadena de media docena de empresas industriales y almacenes. Es comprensible
que, a la vista de tal rompecabezas, la ministra reconozca que el caso, «aun
no está aclarado del todo».
Aigner ha prometido mano dura. Ve en el asunto, «una mezcla de energía
criminal y falta de escrúpulos», y asegura que los huevos resultados
de aquellos piensos contaminados por dioxinas llevan un número de identificación
que puede ser comprobado por el consumidor. Algunas dioxinas pueden ser cancerígenas
y la reacción del consumidor no ha sido consultar el número de
su huevo, sino una prudente y escéptica abstinencia. Sin embargo, «quien
quiera comprar carne, huevos y pescado, cada vez más barato, no puede
quejarse», señala el Berliner Zeitung, que arremete no sólo
contra la industria, sino también contra el consumidor: «es ingenuo
no ver que un kilo de carne a 2,89 euros no pude ser producido decentemente».
La organización alemana de defensa de los consumidores Foodwatch, ha
acusado al gobierno de graves errores y de actuar en beneficio de los intereses
de la industria alimentaria.

Fuente: Rafael Poch, Diario
LA VANGUARDIA
, 12-enero-2010

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